A la industria no se le escapa nada

¿Alguna vez habrás huido de un libro o autor por causas enigmáticas? Pues yo sí. En mi lista de literatos invisibles, se encuentra Mario Vargas Llosa. Escritor peruano y ganador del premio Nobel de Literatura, odiado por muchos y amado por otros. Yo no considero que me encuentre en alguno de los frentes. Los sabios pueblos dicen que si escapas de algo, ese “algo” te encontrará, y eso lo asiento hasta sufrir dolor de cuello.

La obra La civilización del espectáculo escrita por el “Sartrecillo valiente”, como lo apodaron sus amigos íntimos, fue lo que se arrastró ante mis ojos y compresión. Él hace una crítica a la cultura de nuestros días, la define como “light”. Esto debido a que no hace falta tener un talento para ser artista o lo que algunos etiquetan de “intelectual”. Produciendo un rendimiento bastante pobre para la calidad de alguna obra, desde libros, películas, temas musicales y hasta formas de vida.

En su argumentación, esboza que la principal causa de esta explosión es la democratización de la cultura. Es decir, la calidad del intelecto humano se presenta de forma esplendorosa cuando solo una élite o minoría tienen acaparada “la cultura del saber”. Desde la perspectiva del autor, es muy acertada esta expresión, puesto que lo retrógrado es una de sus características. Solo alguien que defienda los intereses burgueses, puede pensar de tal manera. No pretendo desvestir a Vargas Llosa en materia política, solo que es algo inevitable. Todo tiene una cadena de acción y efecto, y este tema, es plausible.

Sin embargo, suscribo en un 90% lo que plantea el escritor peruano, pero cuando menciona “Élite” ya todo se derrumba. Me atrevo a plasmar, que una de las causas de la existencia de darle importancia a lo banal y vacío, es la industrialización de la cultura. Cuando el poder de las trasnacionales se interesa por el arte, este pierde su verdadera esencia y pasa al plano de lo que Vargas Llosa tacha de “democratizar la cultura”. Cosa que es un poco paradójica, ya que defiende a capa y espada la democracia, solo que el empleo de este término, es erróneo.

El poder de la industria es tan trascendental, que la conducta de la población dependerá de lo que ésta venda. Eso no es democratización, sino consumo. Un ejemplo de ello, es la misma contracultura. El término nació en 1968 a través de un ensayo escrito por el historiador Theodore Roszak. La contracultura puede definirse como el muro de detención ante las normas y valores establecidos por la sociedad, que, para condimentar este concepto, agrego “sociedad conservadora”.

La historia conoce a los románticos del siglo XIX, los “locos beatniks” de la década del 50, los psicodélicos hippies de los mágicos 60, los nihilistas Punks de los 70, todos han desafiado de cierta manera al “status quo”. Pero, esto se vuelve una ligera marea cuando debería de ser una fuerte ola al comercializarse y estereotiparse.

Es fácil decir, “esto es lo que vende”, y precisamente es lo que la transnacionalización apunta; es una excusa más para mantener a la población alienada en una larga cola de letargo. Ellas aprovechan lo que parece “nuevo y fresco en el momento”, y así sacar mejor ganancia, y dícese del bolsillo. Claro, los jóvenes son vulnerables a esta situación debido a la etapa psicológica que atraviesan.

La teoría comunicacional de Usos Y Gratificaciones, expuesta en la década de los 60, y consolidada en los 70, por Elihu Katz, Jay G. Blumler y Michael Gurevitch, plantea que los individuos eligen los medios para poder “entretenerse” y satisfacer sus necesidades mediante la evasión de su realidad, aceptación social, cognitiva y afectiva-estética; una medida liberal que es aceptable, pero la pregunta es, ¿qué es lo que te venden?. El pensamiento crítico no es forjado y la industria clava los dientes en el cuello de la víctima hasta dejarlo sin un centavo.

Un ejemplo de esto, fue la llegada de los Beatles a la escena musical. Sus inicios fueron volátiles. Ellos marcaron la diferencia de lo que se veía en esos días, un nuevo corte de cabello crearía conmoción y por supuesto, desafiaría a la sociedad conservadora porque era algo diferente, era una especie de provocación, pero, como todo, la industria aprovechó de expandir ese estereotipo. La década de los sesenta tuvo el privilegio de parir su arte, lastimosamente esa esencia artística fue violada por la “Beatlemanía”.

Esta mecha inició con su llegada a Estados Unidos, país donde hacerte creer que lo innecesario es necesario, es lo normal. Productos de todo tipo, desde cepillos dentales, zapatos, pelucas alusivas a su peculiar cabello, franelas, hasta juguetes, significaron que su presencia ya no era musical. Y si los individuos de esa época, no estaban en esa tormenta, “no estaban en nada”.

En el libro “Rebelarse Vende”, de Joseph Health y Andrew Potter, publicado en el 2005, se hace una crítica lo que se ha convertido la contracultura, en cómo se ha tergiversado a través de modelos capitalistas, con el fin que los rebeldes se sientan cool por consumir productos alusivos a tendencias anti conservadoras. “Es profundamente entristecedor descubrir que un desafortunado compromiso con los ideales de la contracultura ha llevado a la izquierda a abandonar su filosofía política justo en el momento de la historia que tiene más importancia”, con esa frase termina la obra.

Al status quo, dominado por un sistema capitalista, no le conviene la reivindicación de los movimientos anti conservadores, cuya carga de ideales significa un cambio. Por ello, utiliza la comercialización de ella aunándose de las debilidades del individuo. Es curioso que la mayoría de los representantes de la contracultura, hayan muerto, ¿realmente habrá sido su estilo de vida el que llevó sus cuerpos a la tumba? Aún estando muertos, siguen lucrándose por la enorme huella que dejaron en vida. Hoy en día vemos personas que parecen vallas publicitarias, todo, pero todo, es manejado por las trasnacionales y, tristemente, da la impresión de que no podemos hacer nada al respecto.

El mundo está lleno de muchos Víctor Hugo, Allen Ginsberg, Joe Strummer, John Lennon, Joey Ramone, Alí Primera, Jimmy Hendrix, Jim Morrison o Janis Joplin. Siempre ha existido la oposición de algo, pero quizás no podemos conocerlos porque hoy simplemente no importan, lo que sí, es imitarlos en casi todos los aspectos, excepto el ideal y la práctica de lo que profesaban. El hombre crea la sociedad y su cultura, aunque, ello ha sido sustituido por el poder de la industria, define todo lo circundante de la realidad e inevitablemente, todos caemos en ese pozo.