No sigas su juego

¡Esas malditas pancartas! sus líneas de cualquier color encierran rostros sonrientes con mirada esperanzadora. Ciertas veces esas caras ni siquiera observan al “votante”, sino que levemente, apuntan sus hipócritas ojos con la falsedad de ver un horizonte nuevo. No les basta mostrar sucias miradas disfrazadas, sino que relucen sus grandes obras en tonos grandilocuentes con la sutil intención de decir: “Esto es lo que hice por ti, vota por mí para que eso siga pasando”.

Si besan a una vieja en silla de ruedas, son los héroes de la piedad. Si cargan entre sus brazos a niños negros y pobres, son los futuros semidioses. En campaña si nadan entre ríos de miseria, allí si tienen los cinco sentidos enaltecidos: te escuchan, te observan, te tocan, te olfatean, hasta te prueban, pero después de montarse en la silla del poder, eres nadie para ellos.

Mientras tanto, hombres encorbatados que se hacen llamar “asesores”,  aplauden como focas, sonsacan a esos sujetos con ideas “nuevas” e innovadoras. Estudian nuestro letargo y dependencia hacia ellos. Cualquier movimiento de nuestra psicología es paralizado por su brillantez de doble filo.

Como niños inquietos esperan que sean las doce de la madrugada para guindar la propaganda de esos líderes en los postes sin luz. Allí sí que son organizados, la prueba de ello son cien bolívares. Gracias al Bolívar bañado en color marrón, es que algunos trasnochan sus cuerpos para trepar como monos hasta poder llegar a la meta: izar la propaganda de su candidato a la porqueriza, ¡para eso si son eficaces! ¡Nada más para derrochar  dinero en campaña tras campaña!

Esas mismas pancartas, después de la victoria acompañada de un vociferado “habló la mayoría del pueblo””, son testigos de desidia, conformismo y superficialidad. Ellas ven como los hombres y mujeres se comen unos a los otros cumpliendo con la teoría de la supervivencia del más apto.

Una gorrita tricolor con el número cuatro es lo que se diferencia de la otra que representa el supuesto cambio, el cambio que beneficia solo a la minoría parasitaria, mejor dicho. Los desclasados de siempre, quienes desean no ser “pobres”, o se jactan del maldito eufemismo de “humildes”, son quienes le dan vida y aires de grandeza al hombrecito de la gorrita tricolor.

Sin importar la trinchera ideológica que represente a cada uno, nos hacen creer que solo somos útiles votando por alguno de ellos, pero eso es mentira, querida amiga, querido amigo. Esa no es la verdadera democracia, o mejor dicho: su democracia.

Lo que realmente importa es la reivindicación del pueblo a través de la organización y autogestión de las comunidades en diversas áreas. Sin embargo, este juego “democrático” atrasa cada vez más el sueño que vaga por las mentes de algunos de nosotros, gracias a ello siempre recibimos la despreciada palabra “utopía” con tonos despectivos, recelosos y miedosos.

Los países son un invento del hombre, las fronteras son los muros separatistas que nos dividen. La patria es un engaño que nos hace besar una bandera que representa la farsa. De eso se escudan ellos para mantenernos en su monopolio, y lo peor de todo, lo hacemos.

No votes, no sigas su juego.