El suicidio de Poli

Poli está sentado sobre la acera de su casa. Sus tobillos casi tocan el riachuelo de aguas negras que recorren el barrio desde hace dos meses. Al parecer los vecinos se han acostumbrado a la negra presencia de ese torrencial.  Esperan que el Estado se los repare.

Cinco de la tarde. Cigarrillo en mano derecha, cerveza fría en su entrepierna. Quiere conversar sobre la música ranchera. En su imaginación abundan los recuerdos del viaje a México que nunca ha hecho. Lo más lejos que Poli ha recorrido es la Av. Romana. Es sábado. Observa la calle de su barrio.Dos adolescentes embarazadas rozan sus pequeños pies con las aguas negras pero entre equilibrio y torpeza, logran zafarse de tremenda cochinada.

Poli mata su naciente mirada lasciva a ese par de jóvenes culos. Voltea sus ojos hacia otro lado. Unos niños pedalean sus respectivas bicicletas. Uno guinda desde el manubrio una pequeña jaula para pájaros. El otro un kilo de gatarina. Ambos miran a Poli y siguen su camino. La mano desocupada sostiene la quijada del hombre.Nada le importa. Tanto así que descuida el cigarrillo hasta que siente el ardor de la candela.

Una manada de evangélicos camina y dispara de soslayo, una que otra miradita. Un señor descuidado desde el poste de su casa, es tomado por sorpresa: la palabra del señor lo ha atrapado.

Son las seis de la tarde. Un hombre con cerveza en mano saluda a Poli quien debajo de la acera responde con un gesto de sus cejas. El recién llegado saca de su bolso un urgido pote de mantequilla. Quiere comer arepa antes de morir. Poli sonríe. Saca dinero de su pobre cartera y se lo da. No hay vuelto, le dice el hombre. Ambos ríen. Poli no reía desde hace diez días.

El jueves pasado comenzó a tener relaciones sexuales con Roxana -el culo más bueno de la cuadra- como era conocida por todo el barrio excepto Mendoza, su marido preso en Tocuyito. Está decidido. El desenlace lo saben todos menos el traficante de mantequilla.

Poli le implora que se vaya si no quiere morir. Los oídos y ojos curiosos aguardan detrás de las ventanas de todas las casas. El viento intenta peinar el cabello de Poli. Descuidado ya porque en el mundo de los muertos la gente no es superficial, se dice. Una moto se aproxima. Dos hombres están sentados sobre ella. El que la conduce asiente y el de atrás saca una pistola. Poli sonrió nuevamente.

Diez disparos atravesaron su cuerpo. Diez como las diez veces que se cogió a Roxana, dijo una señora. Una de las embarazadas manda a su hijo mayor recoger el pote de mantequilla. Las manos muertas de Poli las rozan. El traficante yace al lado de él escupiendo sangre y lamentando las miradas de los vecinos. Un ajuste de cuentas entre bandas, dijeron los funcionarios sin inspeccionar la escena del crimen